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Salud Extremadura - Periódico del Servicio Extremeño de Salud Número 71 - Hemeroteca.
Junta de Extremadura - Consejería de Sanidad y Políticas Sociales

Opinión

Plaza Alta

08/06/2011
Diego Algaba Mansilla

Desde las murallas del Castillo veo a la Kaíta y Alejandro Vega que, acompañados de un guitarrista, se dirigen a la cacharrería del Chupy, donde les espera el Peregrino. El Nervio se echa un baile delante de los veladores de La Casona. ”Darme algo primo”.

Un gitano vende lotería. A lo lejos distingo a mi amigo Manuel, con una mochila en la espalda, que se dirige a la biblioteca de la UNED.

Todo es familiar en la plaza. El arte fluye con naturalidad. Para muchos, ésta es su casa, unos la usan como comedor, otros como dormitorio y los pacenses como un salón hermoso que se muestra a las visitas con orgullo. Cualquier día puedes encontrar artistas cantando o tocando la guitarra, o fotografiando las casas “colorás”, o intentando reproducir en un lienzo el alma de los soportales.

La Plaza Alta hace de lo excepcional lo habitual. Nada es, en esta parte de la ciudad, como en otras. Aquí, unas casas se caen, otras se levantan, algunas las rehabilitan. El que por la tarde cuenta, con ojos brillantes, como bailaba para el Camarón, por la noche, apagadas las luces, busca cartones para dormir bajo el arco del Toril.

Dicen que en esta plaza huele a tangos y jaleos; a vino y hachís; a vida y a muerte. “Triste es pedir pero más triste es robar”, dice un toxicómano con rastas a unos turistas que le escuchan antes de darle unas monedas, según él, para un bocadillo. Le dan la limosna aunque todos sabemos que el bocadillo lleva veneno blanco dentro. Jóvenes y mayores pisan a diario este suelo de sueños, recuerdos y añoranzas.

En la calle que baja (Moreno Zancudo) venden churros, que llevan a domicilio; libros de segunda mano de Lafuente Estefanía y de Bonanza con el dibujo del mapa de La Ponderosa ardiendo, todo a un euro.

A la Calle del Burro ahora la llaman por su nombre, Encarnación, y sus casas han perdido ese misterio sórdido de placer prohibido. Desde ella se llega al Museo Luis de Morales y a los aparcamientos subterráneos. En la calle ya no caben más coches.

Veo al alcalde, o uno que se le parece, con las gafas de sheriff americano, hablando y gesticulando con Celestino Vega. Quizás estén debatiendo. Aquí, todo puede pasar.

Contemplo, a la caída de la tarde, en el murmullo cansino de la siesta, a uno que me parece que es de los Chunguitos, y el que va con él, como un pincel, con chaqueta blanca y un clavel en la solapa, parece el Porrina, o su espíritu, que tiene una presencia permanente en este lugar, y donde según algunos, si cierras los ojos y agudizas el oído, puedes oír sus tangos que salen del interior de las casas.

El primer sábado de cada mes, jubilados, senderistas, yonquis y anticuarios se mezclan, en estas ramblas y rastro pacense, para buscar esa ganga que, en algunas ocasiones, se encuentra en los puestos ambulantes de antigüedades.

Aspirantes a artistas y artistas. Flamencos y flamenquitos y algún voyeurista, como yo, que mira desde una torre albarrana para intentar inmortalizar este instante, sentimos en nuestro interior que aquí siempre puede pasar algo.

Miro hacia el convento, y al fondo se ve el río anaranjado que pasa lento entre los ojos del puente viejo, mientras oigo a lo lejos, en la desgarradora voz de la Kaíta “al llegar a la Plaza Alta lo primero que se ve es el puesto la Magdalena y el Convento San José”. Un momento mágico que se puede repetir mañana, aunque mañana ya ninguno seamos los mismos.  

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