Cerrar [X]
Foto ampliada
Salud Extremadura - Periódico del Servicio Extremeño de Salud Número 71 - Hemeroteca.
Junta de Extremadura - Consejería de Sanidad y Políticas Sociales

Creación

RELATOS

Historias con punto final

1º premio Modalidad B Narraciones Cortas 2009

01/03/2011
Benito Macías Trujillo
Trabajador de RNE.

Hoy, martes, 8 de diciembre de 2009. Faltaba un minuto para las ocho de la mañana. El reloj de la mesilla había ido marcando, con el lento avance de sus números de luz roja, los minutos de una larga noche de insomnio. La mente no me había dejado conciliar el sueño. Daba vueltas sobre el mismo tema y buscaba una respuesta.

¿Qué debo hacer? La vida me había puesto ante una situación a la que pocos hombres, o quizás ninguno, se habían enfrentado… esa mañana podía conocer la fecha exacta de mi muerte… era tan fácil como encender mi viejo transistor de pilas a las ocho y media de la mañana.

El reloj marcó la hora en punto y bajé de la cama. Mi cuerpo casi se negaba a moverse, pero mi decisión estaba tomada. Debía saberlo. El destino me brindaba la oportunidad de conocer cuándo el libro de mi vida llegaría a su punto final. Eso me daría algunas ventajas. Podría poner en orden mi vida. Esperaba tener tiempo para hacer aquello que siempre había deseado, y ahora sabría cuándo hacerlo. Conocer el día de tu muerte, me decía, me haría vivir el resto de mi vida con ventaja sobre los demás mortales. Podría gastar hasta el último céntimo en lo que quisiera, sin tener que preocuparme por el futuro, porque éste, para mí, estaba perfectamente medido. Eso me decía mientras me arrastraba hasta el cuarto de baño. Mientras miraba la imagen del hombre desconocido que me devolvía el espejo, recordé como empezó todo, unos meses atrás…

Martes, 8 de septiembre de 2009. La fresca brisa de la mañana entró por la ventana y me despertó unos minutos antes de que sonara el despertador. El final del verano se dejaba sentir, y la luz del sol entraba con menos fuerza a esa hora temprana del día. Apagué la alarma para que no sonara y me levanté. Después de una rápida ducha, me dirigí a la cocina para prepararme el desayuno. Siempre aprovechaba ese tiempo para escuchar las noticias de la radio. Cogí el transistor y lo encendí. Llevaba años sin mover el dial del aparato, y siempre escuchaba la misma emisora. Me había acostumbrado ya a su estilo, y conocía por su nombre a los periodistas, corresponsales y técnicos que cada mañana me acompañaban. Pero ese día, al encender la radio, no escuché voces conocidas, sino que una música con vagos aires folclóricos sonaba en medio de interferencias. Moví el dial en espera de sintonizar la emisora, pero ni ésta ni ninguna otra aparecían en el altavoz. Después de un rato de infructuosa búsqueda, extrañado, volví a dejar el dial en el lugar donde sonaba aquella música, en espera de que comenzara algún boletín de noticias, y me dediqué a preparar un café y unas tostadas. Andaba afanado en mi tarea y casi sin prestar atención al sonido de la emisión, cuando la música llegó a su fin y una voz neutra anunció que eran las ocho y media de la mañana y el inicio de un serial titulado “Historias con punto final”.

La voz de un narrador comenzó a relatar los avatares de la vida de un niño, nacido en una gran ciudad, hijo único de padres mayores, y que siempre gustó de la soledad. Siguió contando cómo aquel niño fue creciendo en medio del amor de sus padres, y como, cuando contaba doce años, sufrió el atropello de un coche, cuando iba camino del colegio, que le produjo un daño en su pierna izquierda que le haría cojear durante toda su vida.

La taza de café se congeló a medio camino entre la mesa y mis labios. Me quedé inmóvil, incapaz de hacer nada que no fuera escuchar con atención el relato que continuaba desgranando el narrador a través de las ondas: “… la vida de aquel niño quedó marcada por el accidente. Le provocó un miedo insuperable a los coches y su lesión lo alejó, aún más, de los chavales de su edad, siempre embarcados en juegos en los que él ya no podía participar.

Su mundo se fue estrechando y buscó el refugio de los libros. A través de ellos podría vivir las aventuras que la vida le había hurtado. Le gustaba imaginarse que era él quien descubrió el mapa de la Isla del Tesoro en el cofre de Billy Bones. Mil veces recreó en su imaginación aquel viaje a bordo de la ‘Hispaniola’ junto al pérfido John Silver y era él quien bajaba en busca del Centro de la Tierra y descubría aquel mundo perdido…”

A esas alturas ya me había olvidado por completo de mi desayuno. Aquella narración se ajustaba al milímetro a mi propia vida. El corazón latía fuerte en mi pecho y escuchaba con todos los sentidos alerta la señal de aquella emisora desconocida. Esperaba en cualquier momento que el relato derivara hacia algún punto que me fuera ajeno, que no tuviera nada que ver conmigo, pero aquella historia parecía haber sido escrita por mí mismo. No sólo era un relato fiel de mi infancia, sino que también ahondaba en la descripción de sentimientos nunca confesados.

La voz neutra anunció que eran las ocho horas y cuarenta y cinco minutos y que finalizaba el capítulo de hoy de “Historias con punto final”. Terminaba anunciado el próximo capítulo para dos días después, y haciendo una sinopsis de su contenido: “… el amor imposible y nunca confesado hacia su prima…”. Las últimas palabras casi ni se entendieron, pero estaba seguro que había pronunciado el nombre de Lucía, mi querida prima Lucía.

Las interferencias subieron su intensidad y solaparon la señal de la emisión. Cogí el transistor y moví con cuidado el dial, pero al momento me llegaron las voces conocidas de mi emisora habitual.

Por más que busqué, no conseguí encontrar de nuevo aquella emisión. Apagué la radio y me quedé durante unos minutos analizando lo que acababa de ocurrir. Tras varias consideraciones llegué a la conclusión de que todo se debía a la casualidad.

Nunca había creído en historias sobrenaturales. Me fui a trabajar y el paso de las horas fue amortiguando la primera impresión, y, cuando llegó la noche, estaba convencido de que, mi propia imaginación, había aportado detalles al relato sugestionada por una impresión inicial.

Jueves, 10 de septiembre de 2009. Esa mañana estaba convencido de que desayunaría acompañado del relato de la actualidad, de la mano de las conocidas voces de siempre. Entré en la cocina y encendí el viejo transistor a pilas. El corazón me dio un vuelco cuando, entre interferencias, escuché una música con aires folclóricos. Moví el dial muy despacio, pero no conseguí escuchar ninguna otra emisora. Miré el reloj de pared y éste marcaba las ocho y veinte de la mañana. Puse la radio sobre la mesa y me senté a esperar. Diez minutos después, la música dio paso a la voz neutra que había escuchado cuarenta y ocho horas antes: “Son las ocho y media de la mañana. A continuación podrán escuchar el capítulo de hoy de ‘Historias con punto final’”. Sonó una breve música instrumental y el narrador comenzó a relatar la vida del personaje que ya conocía. A medida que avanzaba el texto sentí que un intenso frío que me recorría la espalda. Aquella, sin duda, era mi vida.

Contaba cómo aquel preadolescente se había enamorado perdidamente de su prima Lucía. Un amor que nunca confesó a nadie, ni siquiera a ella, pero que fue la inspiración de cientos de inocentes poesías que se fueron acumulando en una vieja libreta: “…

aquel amor puro, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en un deseo más carnal. Aquellos poemas llenos de fáciles metáforas fueron adquiriendo un tono más adulto, y en ellos se podía adivinar la pasión que le inspiraba el cuerpo de Lucía” – continuaba la narración – “Pero un día todo terminó. El siempre había pensado que su prima también le amaba. Nunca se habían dicho ni una sola palabra de amor, pero estaba seguro de que ella entendía aquellas miradas y aquellos leves roces que hacían que todos sus sentidos explotaran.

En una comida familiar, Lucía presentó oficialmente a Francisco, su novio. Nunca pudo entender cómo nadie se dio cuenta de que casi creyó morir sentado a aquella mesa. Tuvo que cerrar los ojos para soportar la sensación de mareo y deseó con todas sus fuerzas que, al abrirlos, aquel joven con cara de estúpido no estuviera allí.”

Apreté los puños al recordar aquel día. Mi mundo giraba en torno a su amor y entonces todo se vino abajo. Aprendí a odiar. Sentí dentro de mí un deseo irrefrenable de hacer daño, de destruir…, absorto en mis recuerdos, dejé de tener consciencia de la situación. Aquella emisión era mi vida, mis sentimientos más íntimos, pero ¿de donde provenía? El capítulo terminó a los quince minutos y el locutor anunció el siguiente capítulo para el próximo martes 15, exponiendo, brevemente, el contenido del mismo: “… cuando, llevado por el odio, cometió un hecho terrible.” Temblaba y sudaba. Nadie, absolutamente nadie, supo nunca que aquel incendio no fue algo fortuito. No hubo sospechas, y todo se atribuyó a la mala fortuna de dejar un brasero eléctrico encendido.

Jueves, 5 de noviembre de 2009. Llevaba un mes de baja laboral. Me habían diagnosticado un cuadro de crisis de ansiedad y me habían recetado un sinfín de medicamentos que me adormilaban la mente. No tomaba ninguno. Quería estar despierto y alerta. Apenas comía ni dormía, y mi vida se centraba en esperar las emisiones de aquella radio que nadie más había escuchado.

Había indagado, preguntado a todos mis conocidos, había rastreado por Internet, pero nadie escuchó nunca esas “Historias con punto final”. Los capítulos se habían ido sucediendo, y habían ido haciendo un retrato pormenorizado de lo que fue mi vida. Me trajeron a la mente recuerdos que el tiempo había borrado. Relataban acontecimientos de mi intimidad, y, aquella voz, detallaba con milimétrica precisión sentimientos que nunca conté a nadie.

Pero algo había cambiado en los últimos capítulos. Ya no relataban acontecimientos pasados… ahora me contaban mi futuro. Toda mi vida estaba escrita en ellos. Lo que allí se narraba, se cumplía, y nada podía hacer yo por evitarlo. Vaticinaron mi crisis de ansiedad, mi baja laboral y hasta una gotera que me produjo el vecino de arriba. Todo, hasta los más pequeños detalles, se contaba en aquellos capítulos. Aquella voz neutra, iba anunciando mi propia historia, mi futuro, mi vida… ¿también mi muerte?

Jueves, 3 de diciembre de 2009. Había estado toda la noche vagando por la ciudad. Cuando el cansancio que provocaba mi cojera me obligó a parar, me senté en el banco de una plaza que había junto a una farola y esperé. Las horas pasaban lentas.

Una vez más saqué del bolsillo del abrigo una pequeña libreta donde iba apuntando los acontecimientos que, aunque no sabía cuando, se cumplían con precisión matemática. Tachaba aquello que ya había ocurrido y esperaba el siguiente acontecimiento, sabiendo que no podía hacer nada para evitarlo.

Cuando en la torre de una iglesia cercana sonaron seis campanadas, guardé la libreta, me levanté y con paso renqueante me dirigí hacia mi casa. Llegué cerca de las ocho de la mañana. Encendí la radio y la conocida música se dejó oír en medio de las habituales interferencias. Me senté a esperar con la libreta y el bolígrafo preparados. A la hora habitual se dejó oír la voz de siempre: “Son las ocho y media de la mañana. A continuación podrán escuchar el penúltimo capítulo de ‘Historias con punto final’…”. Me quedé helado. No entendía porqué aquel era el penúltimo capítulo. Empecé a escuchar.

El corazón me golpeaba fuerte en el pecho: “… siempre lo supo. Sabía que iba a suceder desde hacía tiempo y sabía que no podía hacer nada por evitarlo. En aquella libreta estaba escrita la fecha de su muerte. Abrió la tapa y leyó…”. Me costaba respirar. Las manos me temblaban tanto que no era capaz de escribir. En ese momento subió la música y la voz de locutor anunció sobre ella: “El próximo martes, ocho de diciembre, último capítulo. En él conoceremos la fecha exacta de la muerte de nuestro protagonista”. La música pasó a primer plano y las interferencias la fueron apagando poco a poco. Apagué el transistor y esperé. No se cuantas horas pasaron y no tengo una noción clara de lo que hice el resto del día. Por la noche, agotado, me acosté a intentar dormir…

Hoy, 8 de diciembre de 2009. Salí del cuarto de baño y me dirigí a la cocina. Me senté en la mesa con el bolígrafo y la libreta. Las manos me temblaban cuando encendí el transistor. La pieza folclórica ya sonaba. Lo hacía muy bajito, y las interferencias casi no dejaban oírla. Iba a encontrarme con mi destino: “Son las ocho y media de la mañana. A continuación podrán escuchar el último capítulo de ‘Historias con punto final’. La sangre bombeaba tan fuerte en mis oídos que me costaba oír. Las interferencias parecían hoy más fuertes que nunca. La voz prosiguió: “…En aquella libreta estaba escrita la fecha de su muerte. Abrió la tapa y leyó…”. Y justo en aquel momento crucial, la radio dejó de sonar y un grito salió de mi garganta: “Joder, las pilas…”.

¡Comparte!

¡CSS Válido!   Valid XHTML 1.0 Strict

© JUNTA DE EXTREMADURA
Inicio - Contacto - Aviso Legal

RSS